La columna de Manfred Schwager: Con las manos atadas

El periodista de Al Aire Libre analiza los movimientos en las bancas de la NBA.

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Con apenas un tercio de la temporada regular cumplida, la NBA ya anota dos cambios de entrenador. Un número menor, si se compara con los ocho equipos que contrataron a un nuevo técnico durante el verano boreal, pero que por sus circunstancias dice mucho de cómo se está trabajando actualmente en la liga.

El primero en ser despedido fue Ty Lue, víctima de las seis derrotas con que Cleveland empezó el año. Poco importó que fuera el entrenador del primer campeonato de la franquicia, o bien que tuviera la misión de darle una nueva cara a los Cavaliers tras la salida de LeBron James: su suerte estaba echada de antes, y los números sólo aceleraron el proceso.

El segundo fue Fred Hoiberg, que alcanzó un registro de 5 triunfos y 19 derrotas. Sin un anillo de campeón que lo respalde, su salida de Chicago estaba tan cantada como la de Lue, considerando que nunca pudo cumplir a cabalidad las expectativas que puso en él la gerencia de los Bulls.

Ambas decisiones tienen directa relación con la calidad del plantel que cada uno tuvo a disposición. En sus primeros dos años al mando, Lue se dedicó a administrar a los acompañantes de LeBron en Cleveland, donde la presencia de James logró contrarrestar las limitaciones de un equipo que logró ganar esa final y llegar a las dos siguientes.

Pese a que la salida de James era algo inminente, los Cavaliers no realizaron movimientos de jugadores que les permitiera encarar de mejor forma la ausencia de su referente. Con un plantel veterano y de poca efectividad, ya en la pretemporada se adivinaba que los triunfos serían escasos.

Hoiberg, por su parte, nunca tuvo jugadores apropiados para su propuesta. Aunque lo llevaron por su juego moderno, rápido y de crear espacios en ofensiva, en las tres temporadas y media que pasó en Chicago convivió con basquetbolistas lentos, de los que detienen el flujo del balón y con bajísimos porcentajes de triples.

Para la historia queda el fracaso de "los tres alfas", la forzada convivencia entre Jimmy Butler, Dwyane Wade y Rajon Rondo que, si bien clasificó a Playoffs en 2017, rápidamente se convirtió en un polvorín en que las personalidades de los jugadores y del entrenador crearon un conflicto constante en el año que duró el experimento antes de ser dinamitado.

En ambos casos los entrenadores encararon su trabajo prácticamente con las manos atadas. No importa el poco tiempo de Koby Altman a cargo de Cleveland o los años que llevan en lo mismo Gar Forman y John Paxson en Chicago, porque el procedimiento fue idéntico: planteles mal diseñados desde la base, inadecuados para reflejar en cancha las ideas de cada coach.

Que los reemplazantes de Lue y Hoiberg hayan salido de sus propios cuerpos técnicos habla peor aún de cómo las directivas le fallaron a quienes hasta hace poco eran sus cartas. Más allá de culpar al entrenador por cada resultado, en Chicago y en Cleveland las responsabilidades también debieran apuntar hacia quienes propiciaron la inadecuada construcción de plantel que hoy sufren.