La columna de Manfred Schwager: Leyendas sin anillo

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La columna de Manfred Schwager: Leyendas sin anillo

Por Manfred Schwager, @mschwagerv

Hay quienes piensan que el éxito de una carrera en la NBA se define exclusivamente por la cantidad de anillos de campeón que luce. Afortunadamente existe el Salón de la Fama del Baloncesto, que se ha encargado de preservar la memoria de grandes jugadores, entrenadores y equipos de todo el mundo, incluso de aquellos que nunca levantaron un trofeo.

La inducción de la clase 2018 es un ejemplo de ello. Uno de sus integrantes es Steve Nash, el gran base canadiense que lideró en cancha la revolución ofensiva de Mike D’Antoni en Phoenix que hace más de 10 años sentó las bases para el juego rápido y de muchos lanzamientos que hoy impera en la liga.

En esos Suns de la década pasada, Nash fue el catalizador de un estilo asfixiante cuya prerrogativa era recuperar el balón cuanto antes y lanzar al aro apenas fuera posible, mejorando hasta niveles nunca vistos los números de un equipo que no logró llegar a las finales. Pese a ello, el trabajo del base fue reconocido por una liga que lo premió dos veces como el Jugador Más Valioso, y donde varios de los actuales jugadores reconocen su influencia.

Gran pasador del balón –es el tercero con más asistencias en toda la historia de la liga–, además era tan buen lanzador que entró en el club 50-40-90: una categoría informal en la que se reconoce a los mejores tiradores, que promedian 50 por ciento en lanzamientos de campo, 40 en tiros de tres puntos y 90 en lanzamientos libres a lo largo de toda una temporada. Sólo siete jugadores han logrado tal hazaña, y Nash lo hizo en cuatro ocasiones.

Otro es el alero Grant Hill, un veterano de 19 temporadas en la NBA cuyo legado se vio perjudicado por las numerosas lesiones que sufrió durante gran parte de su carrera. Uno de los novatos del año en 1995 en Detroit, llegó luego con muchas expectativas a Orlando donde nunca pudo explotar su potencial.

De todas formas, Hill supo reinventarse con el paso de los años, aportando experiencia y buen juego en defensa en los equipos que corrieron el riesgo con él. Coincidió con Nash en Phoenix entre 2007 y 2012, en una etapa en que pudo volver a jugar una temporada completa luego de mucho tiempo y en que aportó con buenos números siendo un jugador de rol.

Coincidencias de la vida: junto a Hill ingresa el otro novato premiado ese 1995, el base Jason Kidd. Este último sí logró un anillo de campeón, pero además se le recuerda por liderar a los Nets finalistas en 2002 y 2003 y por ser el segundo jugador con más asistencias y robos en la NBA. Eso, aparte de su carrera como entrenador que está en pausa tras salir de Milwaukee a comienzos de este año.

El ejercicio que realiza el Salón de la Fama del Baloncesto, con estos y con otros nombres de todas las épocas, es interesante justamente por su defensa de los aportes de diversos actores.  No siempre los campeones son los que dejan huella o abren camino, y es preciso destacar a aquellos cuyo legado sobrepasa con mucho la mera estadística de cuántos anillos tiene en su poder.