La columna de Aldo Schiappacasse: La raza es roja

Revisa la opinión del periodista de Al Aire Libre en Cooperativa.

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La clasificación de la selección femenina chilena de fútbol a la Copa del Mundo hizo historia, pero también permite diversas lecturas. La más simplista es decir que las muchachas ganaron sin apoyo, lo que no es correcto. Fue a la mayoría de estas muchachas que el Estado y el primer Gobierno de Michelle Bachelet apoyó impulsando la construcción de los estadios Bicentenario para el Mundial juvenil en que fueron protagonistas.

Ahora irán a La Moneda y en un acto demagogo que ya hemos visto otras veces se comprometerá una ayuda que será vana, porque el fenómeno puede capitalizarse en dos instancias no gubernamentales: en las universidades - con la creación de una liga poderosa y amplia- y en la Federación, con un campeonato bien organizado. Clubes como Colo Colo, la U y Everton han realizado buenas campañas internacionales, y si no hay más competencia es por la desidia de Quilín y los clubes para impulsar un torneo más competitivo.

La mirada que más me gusta es la del origen. Este grupo de jugadoras, al igual que la generación dorada, viene de la pobreza, el esfuerzo y la dedicación. Hay un claro mentís al estereotipo clásico de la mujer chilena que nos ofrece la publicidad, las teleseries o incluso el gabinete del Gobierno. Las Yesenias, Yanaras, Marjories y Christianes; las Soto, Campos, Huenteo, Rojas o Hernández responden a un Chile transversal, cercano a las poblaciones y a la gratuidad, a los consultorios y a los bonos, que nos cuesta encontrar en la cobertura periodística, tan habituada a la fama, el dinero, los grandes clubes. Son en su mayoría muchachas que debieron irse para desarrollar su oficio, con enormes sacrificios personales.

Sería absurdo decir que fue sorpresa porque era previsible que la Roja estuviera en el cuadrangular final. Lo llamativo fue cómo se sacudieron de la presión, cómo lograron convocar a la gente y de qué manera mantuvieron la humildad, incluso en el festejo más desatado, algo que no logran los hombres en las competencias internacionales recientes.

Falta mucho para los próximos desafíos, y lo importante es que de los enormes recursos generados por los derechos de la selección mayor y la venta del CDF se haga una inversión acorde al logro conseguido. Que, reitero, no es labor del Estado sino de la Federación. Ya va siendo hora de que en Quilín sean capaces de dictar políticas sin consulta a las sociedades anónimas. A ver si son tan hombres.