La columna de Aldo Schiappacasse: Se los comió la ballena

"Cuesta entender que un técnico que insinuaba ser un renovador táctico terminó convertido en una caricatura de sí mismo".

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Llévatelo:

Cual Jonás en las fauces de la bestia, la maldición de la Copa atrapó a Colo Colo. "Es el principio delfìn", me dice un abrumado hincha albo, incapaz de comprender cómo el equipo que le dio un festejo holgado ante el líder del torneo ahora sucumbe tan mansa, fría y estrepitosamente ante un equipo de morondanga.

No me vengan con cosas. Para el estado actual del fútbol chileno Caracas, el Sport Huancayo, el Estudiantes de Mérida o cualquier equipo del montón en el ámbito sudamericano nos parecen escollos insalvables. Delfín ni pegó patadas, ni hizo tiempo, ni -seamos honestos- nos deslumbró con talento o disciplina táctica para ganar en el Monumental, que a nivel internacional parece una terma donde los rivales vienen a refocilarse.

Pablo Guede pidió paciencia antes del partido y se equivocó. Tenía que pedirla después de la derrota, porque cuesta entender que un técnico que insinuaba ser un renovador táctico (recuerden que llegó a reemplazar al "Coto" Sierra en medio de un clamor popular) terminó convertido en una caricatura de sí mismo.

Perder siempre estará en las posibilidades, por cierto, pero caer de esta manera es vergonzoso. Diremos que es el panorama general del fútbol chileno, que es la tendencia histórica y que el análisis es más o menos el mismo desde el punto de vista futbolístico, pero la caída ante Delfín es el punto más bajo del último tiempo.

Quedar eliminado en el grupo más fácil que nos ha correspondido en los últimos sorteos será una ignominia, así como clasificar no representa ninguna hazaña, como pretenden hacernos creer. Lo único que parece positivo es que ahora sí tocamos fondo, y de aquí en más nada podría ser peor, pero no me atrevo a ponerlo por escrito.

Si en el empate de la U con Racing hubo un rictus de amargura y decepción -tal como lo interpretó Johnny Herrera- porque se dejó pasar una oportunidad de oro para avanzar en un grupo complicadísimo, el escenario sudamericano nos resulta extremadamente hostil, aún jugando el mejor fútbol del año, como fue el caso de los azules.

Los ecuatorianos del Delfín de Manta hicieron historia. Nosotros también. Ya es hora de dejar de lado las lisonjas y adulaciones desmedidas para técnicos y jugadores que se prodigan los protagonistas en el plano interno. Si nos ganó -con justicia- el equipo cetáceo, es hora de hundir la cabeza.